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Aquí tenéis un relato de una maravillosa mujer, que nos describe el sentimiento de una dama de mala vida, muy sentido, desde los ojos de ella y de los hombres que no lo ven.    

 

Relato de: Mariam Orruño.

 

Amor, amor, y fuiste rey en mi existencia y lo di todo por ti

y

me subordiné a tus tiranos deseos

 

    Desde su tálamo veía la fortificación, la veía sobre la loma. Podía ver sus torres, sus muros, sus troneras. La miraba, constantemente, desde que amanecía hasta desaparecer la luz del día.

   El castillo que fue cuartel. El que la mantuvo viva. Complacientemente viva. El que le hizo creer ser reina. Reina reinando sobre él, complaciente y complaciendo con su lujurioso amor. Aquel que se desmoronaba. Que el viento lo arrastraba como si de un castillo de naipes se tratara. Y sin embargo aún lo creía en todo su esplendor, así como creía oírlo respirar pleno de vida, de voces, gritos y canciones de los que llegaron hasta ella, un día, ebrios de deseo. Entonces, al amanecer, cada mañana, los veía en formación y sabía que llegarían a ella al caer la tarde.

    Y ahora, en su aturdida mente, creía seguir escuchando subir los viejos escalones con paso firme e irrumpir en su alcoba. Aún creía oír el graznido de aquella puerta sin engrasar. Y seguir aguardando sobre su tabernáculo, generosa, gozosa de hacer el sacrifício para aquellos hermosos dioses. O tal vez no fuese un sacrificio, ni fuesen dioses, sino vulgares mortales y ni tampoco fuese ella una reina reinando, sino una  mujer, sólo una mujer, deseada y deseosa de otorgar placer.

   Su trono, su cama, su tálamo, se hallaba en el centro de la habitación, ni a derecha ni a izquierda, estaba en el punto exacto y central de la cuadratura de su dormitorio. De haberse contado las grandes baldosas negras y blancas colocadas a modo de tablero de damas, se hubiese llegado a la conclusión de que la equidistancia entre su cama y las cuatro paredes era exacta. La métrica exacta; con la insensatez de la perfección en lo banal. Ni una baldosa de más, ni una de menos en torno a aquella enorme cama que proporcionó cobijo y todo lo demás a un batallón sediento de cobijo y todo lo demás…

    Desnuda, constantemente desnuda, cubriéndola, únicamente, una ligera sábana, día y noche, en una interminable espera, tanto padeciendo el calor sofocante del tórrido verano, como el gélido viento bajando de la montaña. Y su carne parecía no temblar con el glacial frío, ni perlarse de diminutas gotas en el estío. Esperando siempre; igual que la ramera, sin impaciencia, bajo un precario techo, aguarda en el desierto la llegada de una caravana.

    Y la maldita alimaña del tiempo alimentándose de su carne, señalaba cada hueso de su cuerpo, lo mismo que un atlas marca los afluentes. Aquellos huesos antes cubiertos de carne hermosa, eran ahora una grotesca caricatura. Sin embargo, insistía en su desnudez disfrutando de ella, sin doblegarse al tiempo, sin desesperanza, porque con la irracionalidad de su sueño, seguía esperando que alguien la cubriese.

    Sin criterio alguno, se contemplaba en el espejo que en tiempo de bonanza hizo colocar sobre su cama. Con gesto displicente, retiraba la sabana que cubría su desnudez y observaba su imagen flácida y sonrosada semejante a la de un lechón recién parido. Y miraba hasta la saciedad, aquel pelo debilitado, aquella melena rala y blanca cubriendo sus flácidos pechos.

    Permanecía los días y las noches con los ojos, a veces cerrados, otras abiertos, soñando, siempre soñando, en aquella habitación que recorría cada día con mirada sorprendida. Y como un castigo que le fue impuesto, la posaba sobre sus paredes, viejas y desvaídas, pintadas, hacia mucho, de azul arándano que aún les hacía parecer más agonizante, más fantasmal. Y de ellas, suspendidos, igual que reos ajusticiados, pendían sus cuadros de una cuerda de esparto cedida por el tiempo, moviéndose, oscilando a cualquier soplo y produciendo una sensación de locura real.

    Observaba su tocador, una copia Luís XVI, coqueto en sus formas y más envejecido que si hubiese sido auténtico. Sobre él reposaba la mercadería de su transformismo: frascos de perfume evaporados, lápices de labios endurecidos en toda su gama de rojos, aquellos que desaparecían de su boca con su primer cliente, con su primer beso. Sus retoques, entonces, no podían ser largos. Sentada sobre el taburete tapizado en terciopelo granate, frente al tocador, se recomponía el maquillaje deprisa, aún sabiendo que con el siguiente desaparecería.

    Y también seguía allí, en un rincón, en el mismo lugar donde la puso por primera vez, la mesa ovalada, cuya forma que, bajo un mantel adamascado, demasiado largo, demasiado grande, sólo se adivinaba. Y sobre la misma y en equilibrio, un soporte donde se posaba un Guacamayo mudo, sujeta una de sus patas a una cadena que impidió, entonces, cuando aún no había sido rellenado de serrín que huyese por la ventana o revolotease por la habitación soltando sus excrementos.

    Y aquella puerta seguía abierta, sin llave, sin cancela. Mientras ella, la dueña de aquel que fue burdel, suponiendo escuchar crujir un peldaño de la vieja escalera o el  sonido de la cuarteada puerta, flexionaba sus piernas haciendo una curva con ellas. Soñaba ser de nuevo deseada y en un gesto, sus piernas dejaban paso creyendo oír nuevamente el resoplar de un garañón entrando sin hacer girar manilla ni puerta e igual que un reptil escurridizo, esperando hallar escondite, se agazaparía entre ellas. Entonces, su olor creía impregnarla, incluso sentía su peso y llegaba a impacientarse por dar cobijo a aquel resoplido feroz que la inundaría. Por unos segundos lo sentía vivo agitarse, esperando impaciente que aquella presa se rompiese a su roce.

    Deseaba vehementemente un cuerpo húmedo pegado al suyo. Sentirlo arder recorriendo sus desdibujados pechos, sus pezones que aún los creía erectos como saetas apuntando al infinito. Lo soñaba  trazando caminos como el caracol va dejando su rastro sobre el suelo que recorre. Escuchaba musitar en sus oídos palabras obscenas espoleándola y palabras de amor sumiéndola en un abatimiento frágil y melancólico. Y percibía el descenso húmedo de una lengua recorriendo, buscando un lugar donde adentrarse, el lugar boscoso donde se perdería.

    Y las manos. Aquellas manos de su mundo que un día recorrieron palmo a palmo su cuerpo, acariciando su vientre terso, marcando las curvas de su hermoso talle, besando, mordiendo su esbelto cuello, oprimiéndolo hasta conseguir de ella una inconsciencia lasciva, no acertaba a saber que ahora serían viejas, temblarían con el temblor de la vejez, la misma vejez que le hacia temblar a ella.

    Quería seguir soñando. No quería saber que era el viento el que soplaba, ni que la sábana enroscada en su cuerpo, era la que acariciaba su cuerpo. Soñar, soñar, y en el sueño encontrar una mirada. 

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