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             Fragmento:                         OTRA OPORTUNIDAD

 

 

  Su suave piel morena resaltaba con la tela blanca del vestido, y hacía que estuviera más guapa aún. Sus padres siempre la habían mimado y dado todo el cariño que una hija podría esperar. Eran muy cariñosos y respetuosos, incluso admirados por sus amigos y familiares, a la vez que grandes trabajadores. De hecho, desde pequeña Dafne dudaba entre si ser escritora como su madre o médico como su padre.

 

  Sí, aquel día...nunca dejaría de odiarlo. El cielo estaba despejado, aunque algunas nubes no muy lejanas parecían anunciar tormenta, aun así, hacía un frío helador y Dafne corría a acurrucarse en el regazo de su madre cuando se cansaba de jugar para sentir el incomparable calor materno. Era un día estupendo. Pero todo se truncó cuando volvían a casa.

La culpa fue del despiste de un conductor que había dormido poco, junto con una lluvia intensa que no permitía ver apenas nada en la carretera. Aquél día, fue el último día de risa y felicidad para Dafne.

 

Todo sucedió tan rápido...

 

 Ella iba sentada en la parte trasera del coche y vio con sus propios ojos como la vida de sus amados padres era arrancada de raíz al impactar sus cuerpos con el parabrisas. Una lluvia de cristales sangrientos llenó el coche, y la pequeña Dafne vio como ambos exhalaban su último suspiro. Fallecieron al momento. El coche tuvo que salirse de la carretera tras esquivar a otro vehículo que venía en sentido contrario e invadió el carril por el cuál iban. Cayeron por la ladera de la carretera que justo pasaba por encima de un puente. Dieron varias vueltas de campana hasta llevar al final del pequeño barranco. Ella salió ilesa.

 

  De entre las sombras de aquél túnel apareció una mujer vestida con extraños ropajes gitanos, tarareando una nana de algún pueblo del este. Sacó a la pequeña niña del coche, la cuál estaba inconsciente y la depositó en el suelo con suavidad. Y tal como apareció, despareció de nuevo entre unos matorrales, mientras se alejaba tarareando aquella canción.

 

  Tras la muerte de sus padres toda su vida cambió. Sus abuelos maternos, dado que los paternos habían fallecido, abandonaron la casa del pueblo y se fueron a la ciudad, pues no querían alterar mucho la triste vida de su única nieta. Éstos hacían lo imposible por animarla y ayudarla a seguir hacia adelante. Era una niña tan buena. El amor de sus abuelos y la ayuda de los psicólogos la hicieron fuerte, pero nada volvería a ser como antes. Dafne pasaba algunas noches en vela, pues las imágenes de aquella aciaga noche volvían una y otra vez a su mente y no la dejaban descansar en paz. Y es que, a pesar de su fuerza y coraje seguía siendo una niña perdida, que necesitaba cariño, afecto, amor, ése que aquel hermoso día de júbilo la noche le arrebató.

 

Creció solitaria, ya no se acercaba a los niños del colegio como antes y estos la veían como un bicho raro, entre otras cosas porque siempre vestía de negro. Jugaba con los insectos y los animales y odiaba ver a sus compañeros de clase tirando piedras a los pájaros o cortando la cola de las lagartijas a modo de diversión. Tan grande era su amor por los animales que pasaba los recreos jugando con un precioso gatito negro que solía merodear por los aledaños del patio, al cual llamó Ares. Cada mañana, metía unas magdalenas en la mochila para dárselas de comer al adorable animal, que se lo agradecía lamiéndole las manos y acurrucándose entre sus piernas mientras ella lo acariciaba y el minino ronroneaba. Se cuidaban y mimaban mutuamente. Pero un día, Ares no apareció y volvió a clase preocupada. Pero cuál fue su horror al ver el inerte cuerpo del cachorro en su mochila. Lloró de tristeza e impotencia ante la crueldad de aquellos niños y oyó las maliciosas risas de los chicos que se sentaban en la parte trasera de clase. En ese momento empezó a aborrecer aún más si cabe el asqueroso mundo que la rodeaba y que no la dejaba ser feliz.

 

 De este modo pasó sus últimos años por el colegio, prácticamente sola. Tan sólo hizo una amiga, Mia, pero se marchó a vivir fuera del país por la profesión de su padre. Juntas pasaban horas y horas charlando de espíritus y el afán de Dafne por intentar, mediante el espiritismo, contactar con sus difuntos padres. Al marchar, Mia le dio su nueva dirección, pero, aunque le escribió en innumerables ocasiones nunca obtuvo respuesta, quizás por un simple fallo en el número de la dirección que Mia le dio o alguna otra cosa trivial, hizo que sus cartas nunca llegaran a su destino.

 

Era muy callada, estaba ida de la realidad, demasiado joven para afrontar lo que el mundo la había deparado. Quizás fue esto lo que la hizo crecer tan rápido y le impidió disfrutar de una infancia hasta entonces perfecta.

 

 Siguió siendo amante de lo oculto y misterioso, como el espiritismo, la magia negra...

A los doce años comenzó el instituto y allí pareció ser más aceptada, pues había muchos estilos y formas de vestir diferentes, y algunos parecían encajar con el suyo. Incluso llegó a formar su propio grupo de amigos, aunque incluso para ellos Dafne siempre fue una chica especial. Fue allí donde empezó a sentirse más integrada en un mundo que ella siempre pensó, quizás con razón, que no era el suyo. Y entonces la vida le dio otra estocada.

 

 Conoció a un chico, Dean. Era el capitán del equipo de fútbol, guapo y popular. Todas las chicas iban detrás de él y ni siquiera la joven e ingenua Dafne pudo escapar a sus encantos.

 

 Era alto, fuerte, moreno...Un seductor en toda regla. De todos modos, nunca pensó que un chico como él pudiera fijarse en ella, pues se sentía insignificante para el mundo. Pero la realidad era otra, pues era muy guapa. Extraña, especial, pero muy hermosa. No era muy alta, 1,68cm, pero era delgada y esbelta. De cabellos castaños y hermosos ojos azul turquesa, pelo liso y largo, herencia de su madre y piel morena como su padre, pues ambos fueron también muy apuestos.

 

  Pasaban los años y ya en el último año, los amigos de Dean le propusieron una apuesta. Le pidieron que invitara a Dafne, a esa chica rara y gótica, a salir, y cómo no, él, que era un ligón y un engreído nato, aceptó con el único propósito de aumentar así su lista de conquistas.

 

 Así que un día tras un partido (a los cuales ella siempre asistía oculta en una de las últimas gradas junto con sus dos mejores amigas, góticas también), el joven ligón se le acercó. Aprovechándose de su belleza y atractivo, junto con su notable labia, la convenció para salir juntos una noche.

 

  -Hola, preciosa, eres Dafne ¿verdad? Me llamo Dean Rolen-dijo el guaperas dándola dos besos.

  -Sí. Ya sé quién eres -respondió tímidamente ante los ojos verdes de aquel hermoso chico.

  -Llevo tiempo queriendo invitarte a salir un día, pero no me decidía. Seguramente una chica tan guapa ya tendrá novio.

  - ¡Será porque estarías liado con otra! - dijo una de sus amigas.

 

  El capitán lanzó una mirada de desprecio a aquella entrometida y sin hacerla mucho caso prosiguió su plan.

 

  -No les hagas caso. Sí, es cierto que lo dejé hace poco con mi novia, pero estoy listo para una nueva relación y hace mucho que me gustas. ¿Te gustaría quedar este viernes? Puedo pasar a buscarte a tu casa y salir a tomer algo o ver una película.

  -Me encantaría. ¿Sabes dónde vivo?

  -Daf...-intentó decir una de sus amigas posando su mano sobre su hombro como advertencia, con la intención de que pensase mejor su respuesta, pero fue inútil.

  -Sí claro, si alguien te interesa debes saberlo todo sobre ella. -le guiñó el ojo - ¿Paso a recogerte sobre las 8?

  -¡Claro¡ -asintió rápidamente emocionada mientras el cautivador joven marchaba repitiendo: "A las 8, no lo olvides".

 

  Dafne no se lo podía creer y estaba muy ilusionada. Ni siquiera sus amigas, que hablaban demonios de aquel diablo disfrazado de buen chico, lograron convencerla de que rechazara la oferta. Y es que no veía más allá, era la primera vez que un chico se fijaba en ella, y además precisamente él.

 

 Hasta el ansiado viernes, la ingenua muchacha tropezaba a veces con el joven conquistador por los pasillos del instituto y este le guiñaba un ojo o incluso se la acercaba y le decía un par de piropos y se marchaba junto con sus amigotes.

 

  No escuchaba a sus amigas. Incluso llegó a encontrarse con la última novia de Dean, quien la avisó de que no se acercase a este por que no era trigo limpio y acabaría haciéndola daño. Pero tal era la ciega visión de Dafne por el capitán del equipo, que hacia oídos sordos a todas aquellas personas y amigas que maldecían y advertían tan sólo de la verdad del mismo.

 

 Y Al fin llegó aquella noche tan deseada. Se puso un precioso vestido que su abuela le había regalado para la ocasión. Era de terciopelo negro, muy entallado, con un escote precioso y de espalda descubierta y zapatos negros de tacón. Realmente iba espectacular.

 

 Cuando su querido príncipe azul llegó a casa a buscarla, tocó el timbre y la abuela le abrió la puerta.

 

 Al ver a aquel joven apuesto, de quien tanto había hablado su querida nieta, tuvo un mal presentimiento. Pues, si bien parecía un chico educado y gentil, ella enseguida se dio cuenta de que no eran más que apariencias.

 Su edad le había enseñado a ver en los ojos de los hombres con tal nitidez como a través de un cristal y supo al instante que ese chico no era de fiar y que sus intenciones con Dafne no eran buenas. Pero también sabía que a su nieta le gustaba mucho aquel chico, le había mencionado tantas veces, que no sabía qué decir en ese instante para no desilusionarla. La mirada penetrante de la anciana, que iba más allá de los ojos de aquél falso príncipe azul, hizo tambalear el semblante del adonis. Pero justo entonces apareció sonriente la joven dama para rescatarlo de aquel muro de mirada asesina y él la saludó.

 

-Hola preciosa, estás increíble.

 

La anciana besó a su querida nieta, a la vida de su vida, a su niña, pero antes de dejarla marchar la susurró al odio que tuviese cuidado, que no se fiaba de él, y sus palabras quedaron un poco dentro de la mente de la joven quien frunció el ceño.

 

Salieron de la casa, Dean poseía un precioso coche rojo deportivo, un Ferrari nada menos. Su padre era el jefe de policía y tenía dinero para su querido hijo, capitán del equipo de fútbol. El apuesto chico la llevó a cenar a un lujoso restaurante de la bahía que quedaba a muchos kilómetros del pueblo donde vivían. Cenaron, y charlaron largo y tendido. Dafne le contó la muerte de sus padres, el calvario que fue el colegio para ella, su soledad y tristeza, y su ilusión actual, puesto que tenía frente a ella al chico que le había gustado desde el primer curso del instituto y a quien jamás se atrevió a confesarle lo que sentía. Él también le habló de su patético pasado, cada palabra que salía de su boca eran mentiras de una historia irreal y no pretendía sino darle lástima para poder llevar así su plan a cabo.

 

 Tras la cena, de momento mágica e inolvidable para Dafne, él la llevó a las cercanías de la playa. Bajo una luna llena hermosísima y un mar calmado. Era un momento precioso, romántico como ella misma era, un sueño hecho realidad para la tímida e ingenua muchacha.

 

  -No hay nada aquí en esta noche tan hermosa como tú. Ni el mar y su calma ni la luna y su luz. Mis ojos no ven más allá de ti esta noche.

 

La joven se ilusionó con tal hermosas pero falsas palabras que aprovechando el momento aquél Asmodeo ruin la besó y ella, en ese instante que tanto había esperado, lloró de alegría mientras era besada por su amor. Pero no fue sólo un beso.

 

El demonio hermoso siguió su principio, sus manos de serpiente empezaron a recorrerla y ella lo notó. Suavemente detenía el avance escabroso de aquellas manos obscenas, pero él insistía. Cada vez ejercía más fuerza sobre ella y recordó por un segundo las palabras de su protectora. Su abuela acertó y ella ahora lloraba de impotencia. Se sentía una completa idiota, siempre en su mundo de fantasías, había ignorado los sabios consejos de quienes la querían.

 

Hizo acople de toda su fuerza y logró separarse de él, quien intentó de nuevo hacerse con ella, mas Dafne era más fuerte de lo que él creía, así que aquel bello lucifer la golpeó y cayó al suelo desde el capó de aquel carro del infierno. Él se puso sobre ella y le rompió aquel precioso vestido que su abuela con tanto cariño le había regalado para aquella ocasión tan especial. Dafne gritó pidiendo auxilio con todas sus fuerzas, pero su voz se perdía en el susurro del mar. Entonces el acosador se retiró al ver que su presa no era tan sencilla, y sin saber por qué, quien sabe, el destino que quizás estaba por una vez de su lado, depuso su acción. Se levantó, la miró con arrogancia y diciendo que había perdido una apuesta se metió en el coche y se marchó. Y allí quedó ella sola, sobre el frío y húmedo suelo, llorando de rabia. Y fue entonces cuando se prometió a sí misma no confiar nunca más en ningún chico.

 

  Cogió el móvil y llamó a sus abuelos para que fueran a recogerla en aquella lejanía de tristeza. Aquella noche, al llegar al único lugar donde todos nos sentimos en paz, su cama, lloraba desconsolada y decepcionada, mientras escuchaba aquella lúgubre música de sus grupos favoritos.

 

 

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