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Fragmento:   OTRA OPORTUNIDAD

 

Dafne nació una fresca mañana de primavera. ¿Quién le hubiera podido decir todo lo que la vida le depararía? Era menuda y sus enormes ojos azul turquesa parecían no tener espacio suficiente en aquella carita risueña. Eran iguales que los de su madre, Noiva. Ésta era escritora, aunque aún no había conseguido que sus libros le reportaran grandes beneficios. De todos modos, el matrimonio llevaba una vida bastante cómoda, gracias al buen sueldo de Roldán, que era médico. Vivían en una casita en la ciudad, frente al mar, con un enorme jardín donde Dafne podría dar sus primeros pasos y jugar apaciblemente. Creció allí, cuidada y educada pacientemente por su madre en mayor medida, puesto que su trabajo le permitía criarla. Dafne dejó de ser ese bebé pequeñito para convertirse en una niña de pelo castaño y un poco regordeta. Era muy alegre, y su llegada aumentó mil veces más la felicidad del matrimonio. Pero sin duda el momento más esperado era la llegada de su padre a la noche, cuando por fin se reunía toda la familia. Le encantaba que él la aupara con sus enormes y protectoras manos. Además, tenía un olor especial y una sonrisa preciosa y sincera. Era él quien se encargaba de bañarla a la noche y de darle el biberón antes de que Noiva la acostara y le cantara con su dulce voz preciosas nanas hasta que Dafne se dormía.

Escribía relatos cortos y poemas ya que ahora, tras el nacimiento de la pequeña no se veía con ganas de hacer nada más largo. Su marido leía siempre los borradores y le daba consejos. En más de una ocasión le sirvieron para salir de esos "socavones de escritor" como ella los llamaba. En varias ocasiones pensó en escribir sus memorias, pero siempre se decía a sí misma que aún era joven para hacerlo, aun habiendo vivido la cruel vida que había tenido hasta encontrar a Roldán. Este en cambio dedicaba gran parte del día en el hospital, pues era jefe del departamento de neurología y también cirujano de vez en cuando. Llevaba un tiempo trabajando en un proyecto contra los problemas neuronales, Alzheimer, embolias y todo tipo de enfermedades cerebrales y sus camaradas estaban asombrados con sus avances.

Pero mientras la investigación era llevada a cabo, Noiva comenzó a escribir una novela que avanzaba a gran velocidad, también empezó Dafne a dar muestras de su rápido progreso, y a los nueve meses dijo su primera palabra, "mamá". Desde ese momento, la niña no dejó de aprender palabras nuevas y toda la gente se sorprendía del amplio vocabulario que tenía. Poco después de empezar a hablar, consiguió dar sus primeros pasos sin la ayuda de sus padres. Sus risas llenaban toda la casa y desde que había comenzado a andar y hablar la casa se llenó de una vida inmensa e incomparable. La verdad es que era una niña activa que pasaba todo el día jugando y divirtiéndose. No paraba quieta ni un instante y Noiva acababa exhausta cada día. Tanto tiempo tenía que pasar correteando detrás de Dafne que apenas le quedaba tiempo para escribir, pero eso no importaba, pues lo que ella siempre había querido era ver crecer a sus hijos y hacerse cargo de su educación hasta que empezaran el colegio.

Así pasaron los tres primeros años de su vida, y poco cambió su rutina después al empezar el colegio. Todas las profesoras estaban encantadas con ella, era una niña alegre y de muy buenos modales, respetuosa con los demás niños y siempre dispuesta a colaborar. Además, era muy inteligente, lo cual se demostraba en su manera de expresarse y contestar a las educadoras.

A los cuatro años empezó a leer, y fue la primera de su curso en aprender a escribir. De hecho, hacía años que las maestras no veían a una niña aprender tan rápido. Tenía una caligrafía muy cuidada para su edad, con letra redonda y proporcionada. Así pasaron los primeros cursos de infantil, con unas calificaciones y observaciones brillantes por parte del claustro educativo, y esto hacía que Noiva y Roldán se sintieran cada día más orgullosos de su pequeña Dafne. 

 La familia pasaba los veranos en el pueblo donde vivían los padres de Noiva, y Dafne se lo pasaba en grande jugando con los pollos y los gatos, sobre todo con estos últimos. No había día que no llegara manchada de barro por completo y con las uñas negras. Eso le encantaba a Dafne que siempre le decía a su madre que se pintaría las uñas de negro cuando fuera mayor. Dafne se llevaba de maravilla con sus abuelos, Joel y Margaret y le encantaba ir de paseo subida en los hombros de su abuelo, que le enseñaba todo el pueblo y le decía los nombres de los árboles y flores que veían por el camino. A decir verdad, era la niña quien los preguntaba, pues era muy curiosa y sentía una gran admiración por aquellos enormes seres de cuerpo marrón y cabeza verde. “Dentro de unos años, cuando me haga mayor y los árboles crezcan, podré trepar por ellos y subir al cielo”, solía decirle a su abuelo, tenía una gran imaginación.

Allí fue donde aprendió a andar en bicicleta, y a menudo iba con su madre a recoger moras para que su abuela le preparara esa riquísima mermelada que tanto le gustaba. El único problema es que el pueblo tenía pocos habitantes, unos cincuenta, y Dafne no hizo ningún amigo, porque los pocos niños que había vivían lejos. Aunque se lo pasaba en grande con su familia, sobre todo cuando venían sus primos a pasar allí quince días. Eran un poco mayores que ella y vivían en otro país, porque su tío había encontrado un gran trabajo en el extranjero, pero les encantaba jugar al escondite o al veo-veo.

 Todo era genial, y Dafne estaba a punto de hacer la comunión ya. La verdad es que, inusualmente, le encantaba hablar de Dios, teología y fuerzas sobrenaturales; y cada noche, rezaba por tener pronto un hermanito con quien jugar. Llegó aquel maravilloso día, tan esperado por Dafne, pues ansiaba vestirse con ese precioso vestido blanco de princesa, como ella decía. Habían pasado ya nueve años desde aquel 23 de enero en el que Dafne llegó a este mundo, y podría decirse que era el último de su vida, pues a partir de entonces se limitaría sólo a sobrevivir. No, nunca podría olvidar aquel fatídico día de invierno. Había celebrado su comunión con mucho entusiasmo y alegría. Vestida de princesa como ella decía, aunque más bien parecía una pequeña novia.

  -Mírame, mamá, parezco una princesa -decía la pequeña mientras giraba sobre sí misma alzando el vuelo de su vestido blanco.

 -Sí, cariño, estás muy guapa -sonreía su madre.

  - ¿Y yo entonces qué soy, tu caballero? -le preguntó su padre mientras la cogía en sus brazos y la hacía girar en el aire.

  -Noooo, papá, tú eres el rey y mamá la reina.

  -Por supuesto, cómo no me he dado cuenta, mi princesita -los tres rieron.

 

  Su suave piel morena resaltaba con la tela blanca del vestido, y hacía que estuviera más guapa aún. Sus padres siempre la habían mimado y dado todo el cariño que una hija podría esperar. Eran muy cariñosos y respetuosos, incluso admirados por sus amigos y familiares, a la vez que grandes trabajadores. De hecho, desde pequeña Dafne dudaba entre si ser escritora como su madre o médico como su padre.

 

  Sí, aquel día...nunca dejaría de odiarlo. El cielo estaba despejado, aunque algunas nubes no muy lejanas parecían anunciar tormenta, aun así, hacía un frío helador y Dafne corría a acurrucarse en el regazo de su madre cuando se cansaba de jugar para sentir el incomparable calor materno. Era un día estupendo. Pero todo se truncó cuando volvían a casa.

La culpa fue del despiste de un conductor que había dormido poco, junto con una lluvia intensa que no permitía ver apenas nada en la carretera. Aquél día, fue el último día de risa y felicidad para Dafne.

 

Todo sucedió tan rápido...

 

 Ella iba sentada en la parte trasera del coche y vio con sus propios ojos como la vida de sus amados padres era arrancada de raíz al impactar sus cuerpos con el parabrisas. Una lluvia de cristales sangrientos llenó el coche, y la pequeña Dafne vio como ambos exhalaban su último suspiro. Fallecieron al momento. El coche tuvo que salirse de la carretera tras esquivar a otro vehículo que venía en sentido contrario e invadió el carril por el cuál iban. Cayeron por la ladera de la carretera que justo pasaba por encima de un puente. Dieron varias vueltas de campana hasta llevar al final del pequeño barranco. Ella salió ilesa.

 

  De entre las sombras de aquél túnel apareció una mujer vestida con extraños ropajes gitanos, tarareando una nana de algún pueblo del este. Sacó a la pequeña niña del coche, la cuál estaba inconsciente y la depositó en el suelo con suavidad. Y tal como apareció, despareció de nuevo entre unos matorrales mientras se alejaba tarareando aquella canción.

 

  Tras la muerte de sus padres toda su vida cambió. Sus abuelos maternos, dado que los paternos habían fallecido, abandonaron la casa del pueblo y se fueron a la ciudad, pues no querían alterar mucho la triste vida de su única nieta. Éstos hacían lo imposible por animarla y ayudarla a seguir hacia adelante. Era una niña tan buena. El amor de sus abuelos y la ayuda de los psicólogos la hicieron fuerte, pero nada volvería a ser como antes. Dafne pasaba algunas noches en vela, pues las imágenes de aquella aciaga noche volvían una y otra vez a su mente y no la dejaban descansar en paz. Y es que, a pesar de su fuerza y coraje seguía siendo una niña perdida, que necesitaba cariño, afecto, amor, ése que aquel hermoso día de júbilo la noche le arrebató.

 

Creció solitaria, ya no se acercaba a los niños del colegio como antes y estos la veían como un bicho raro, entre otras cosas porque siempre vestía de negro. Jugaba con los insectos y los animales y odiaba ver a sus compañeros de clase tirando piedras a los pájaros o cortando la cola de las lagartijas a modo de diversión. Tan grande era su amor por los animales que pasaba los recreos jugando con un precioso gatito negro que solía merodear por los aledaños del patio, al cual llamó Ares. Cada mañana, metía unas magdalenas en la mochila para dárselas de comer al adorable animal, que se lo agradecía lamiéndole las manos y acurrucándose entre sus piernas mientras ella lo acariciaba y el minino ronroneaba. Se cuidaban y mimaban mutuamente. Pero un día, Ares no apareció y volvió a clase preocupada. Pero cuál fue su horror al ver el inerte cuerpo del cachorro en su mochila. Lloró de tristeza e impotencia ante la crueldad de aquellos niños y oyó las maliciosas risas de los chicos que se sentaban en la parte trasera de clase. En ese momento empezó a aborrecer aún más si cabe el asqueroso mundo que la rodeaba y que no la dejaba ser feliz.

 

 De este modo pasó sus últimos años por el colegio, prácticamente sola. Tan sólo hizo una amiga, Mia, pero se marchó a vivir fuera del país por la profesión de su padre. Juntas pasaban horas y horas charlando de espíritus y el afán de Dafne por intentar, mediante el espiritismo, contactar con sus difuntos padres. Al marchar, Mia le dio su nueva dirección, pero, aunque le escribió en innumerables ocasiones nunca obtuvo respuesta, quizás por un simple fallo en el número de la dirección que Mia le dio o alguna otra cosa trivial, hizo que sus cartas nunca llegaran a su destino.

 

Era muy callada, estaba ida de la realidad, demasiado joven para afrontar lo que el mundo la había deparado. Quizás fue esto lo que la hizo crecer tan rápido y le impidió disfrutar de una infancia hasta entonces perfecta.

 

 Siguió siendo amante de lo oculto y misterioso, como el espiritismo, la magia negra...

A los doce años comenzó el instituto y allí pareció ser más aceptada, pues había muchos estilos y formas de vestir diferentes, y algunos parecían encajar con el suyo. Incluso llegó a formar su propio grupo de amigos, aunque incluso para ellos Dafne siempre fue una chica especial. Fue allí donde empezó a sentirse más integrada en un mundo que ella siempre pensó, quizás con razón, que no era el suyo. Y entonces la vida le dio otra estocada.

 

 Conoció a un chico, Dean. Era el capitán del equipo de fútbol, guapo y popular. Todas las chicas iban detrás de él y ni siquiera la joven e ingenua Dafne pudo escapar a sus encantos.

 

 Era alto, fuerte, moreno...Un seductor en toda regla. De todos modos, nunca pensó que un chico como él pudiera fijarse en ella, pues se sentía insignificante para el mundo. Pero la realidad era otra, pues era muy guapa. Extraña, especial, pero muy hermosa. No era muy alta, 1,68cm, pero era delgada y esbelta. De cabellos castaños y hermosos ojos azul turquesa, pelo liso y largo, herencia de su madre y piel morena como su padre, pues ambos fueron también muy apuestos.

 

  Pasaban los años y ya en el último año, los amigos de Dean le propusieron una apuesta. Le pidieron que invitara a Dafne, a esa chica rara y gótica, a salir, y cómo no, él, que era un ligón y un engreído nato, aceptó con el único propósito de aumentar así su lista de conquistas.

 

 Así que un día tras un partido (a los cuales ella siempre asistía oculta en una de las últimas gradas junto con sus dos mejores amigas, góticas también), el joven ligón se le acercó. Aprovechándose de su belleza y atractivo, junto con su notable labia, la convenció para salir juntos una noche.

 

  -Hola, preciosa, eres Dafne ¿verdad? Me llamo Dean Rolen-dijo el guaperas dándola dos besos.

  -Sí. Ya sé quién eres -respondió tímidamente ante los ojos verdes de aquel hermoso chico.

  -Llevo tiempo queriendo invitarte a salir un día, pero no me decidía. Seguramente una chica tan guapa ya tendrá novio.

  - ¡Será porque estarías liado con otra! - dijo una de sus amigas.

 

  El capitán lanzó una mirada de desprecio a aquella entrometida y sin hacerla mucho caso prosiguió su plan.

 

  -No les hagas caso. Sí, es cierto que lo dejé hace poco con mi novia, pero estoy listo para una nueva relación y hace mucho que me gustas. ¿Te gustaría quedar este viernes? Puedo pasar a buscarte a tu casa y salir a tomer algo o ver una película.

  -Me encantaría. ¿Sabes dónde vivo?

  -Daf...-intentó decir una de sus amigas posando su mano sobre su hombro como advertencia, con la intención de que pensase mejor su respuesta, pero fue inútil.

  -Sí claro, si alguien te interesa debes saberlo todo sobre ella. -le guiñó el ojo - ¿Paso a recogerte sobre las 8?

  -¡Claro¡ -asintió rápidamente emocionada mientras el cautivador joven marchaba repitiendo: "A las 8, no lo olvides".

 

  Dafne no se lo podía creer y estaba muy ilusionada. Ni siquiera sus amigas, que hablaban demonios de aquel diablo disfrazado de buen chico, lograron convencerla de que rechazara la oferta. Y es que no veía más allá, era la primera vez que un chico se fijaba en ella, y además precisamente él.

 

 Hasta el ansiado viernes, la ingenua muchacha tropezaba a veces con el joven conquistador por los pasillos del instituto y este le guiñaba un ojo o incluso se la acercaba y le decía un par de piropos y se marchaba junto con sus amigotes.

 

  No escuchaba a sus amigas. Incluso llegó a encontrarse con la última novia de Dean, quien la avisó de que no se acercase a este por que no era trigo limpio y acabaría haciéndola daño. Pero tal era la ciega visión de Dafne por el capitán del equipo, que hacia oídos sordos a todas aquellas personas y amigas que maldecían y advertían tan sólo de la verdad del mismo.

 

 Y Al fin llegó aquella noche tan deseada. Se puso un precioso vestido que su abuela le había regalado para la ocasión. Era de terciopelo negro, muy entallado, con un escote precioso y de espalda descubierta y zapatos negros de tacón. Realmente iba espectacular.

 

 Cuando su querido príncipe azul llegó a casa a buscarla, tocó el timbre y la abuela le abrió la puerta.

 

 Al ver a aquel joven apuesto, de quien tanto había hablado su querida nieta, tuvo un mal presentimiento. Pues, si bien parecía un chico educado y gentil, ella enseguida se dio cuenta de que no eran más que apariencias.

 Su edad le había enseñado a ver en los ojos de los hombres con tal nitidez como a través de un cristal y supo al instante que ese chico no era de fiar y que sus intenciones con Dafne no eran buenas. Pero también sabía que a su nieta le gustaba mucho aquel chico, le había mencionado tantas veces, que no sabía qué decir en ese instante para no desilusionarla. La mirada penetrante de la anciana, que iba más allá de los ojos de aquél falso príncipe azul, hizo tambalear el semblante del adonis. Pero justo entonces apareció sonriente la joven dama para rescatarlo de aquel muro de mirada asesina y él la saludó.

 

-Hola preciosa, estás increíble.

 

La anciana besó a su querida nieta, a la vida de su vida, a su niña, pero antes de dejarla marchar la susurró al odio que tuviese cuidado, que no se fiaba de él, y sus palabras quedaron un poco dentro de la mente de la joven quien frunció el ceño.

 

Salieron de la casa, Dean poseía un precioso coche rojo deportivo, un Ferrari nada menos. Su padre era el jefe de policía y tenía dinero para su querido hijo, capitán del equipo de fútbol. El apuesto chico la llevó a cenar a un lujoso restaurante de la bahía que quedaba a muchos kilómetros del pueblo donde vivían. Cenaron, y charlaron largo y tendido. Dafne le contó la muerte de sus padres, el calvario que fue el colegio para ella, su soledad y tristeza, y su ilusión actual, puesto que tenía frente a ella al chico que le había gustado desde el primer curso del instituto y a quien jamás se atrevió a confesarle lo que sentía. Él también le habló de su patético pasado, cada palabra que salía de su boca eran mentiras de una historia irreal y no pretendía sino darle lástima para poder llevar así su plan a cabo.

 

 Tras la cena, de momento mágica e inolvidable para Dafne, él la llevó a las cercanías de la playa. Bajo una luna llena hermosísima y un mar calmado. Era un momento precioso, romántico como ella misma era, un sueño hecho realidad para la tímida e ingenua muchacha.

 

  -No hay nada aquí en esta noche tan hermosa como tú. Ni el mar y su calma ni la luna y su luz. Mis ojos no ven más allá de ti esta noche.

 

La joven se ilusionó con tal hermosas pero falsas palabras que aprovechando el momento aquél Asmodeo ruin la besó y ella, en ese instante que tanto había esperado, lloró de alegría mientras era besada por su amor. Pero no fue sólo un beso.

 

El demonio hermoso siguió su principio, sus manos de serpiente empezaron a recorrerla y ella lo notó. Suavemente detenía el avance escabroso de aquellas manos obscenas, pero él insistía. Cada vez ejercía más fuerza sobre ella y recordó por un segundo las palabras de su protectora. Su abuela acertó y ella ahora lloraba de impotencia. Se sentía una completa idiota, siempre en su mundo de fantasías, había ignorado los sabios consejos de quienes la querían.

 

Hizo acople de toda su fuerza y logró separarse de él, quien intentó de nuevo hacerse con ella, mas Dafne era más fuerte de lo que él creía, así que aquel bello lucifer la golpeó y cayó al suelo desde el capó de aquel carro del infierno. Él se puso sobre ella y le rompió aquel precioso vestido que su abuela con tanto cariño le había regalado para aquella ocasión tan especial. Dafne gritó pidiendo auxilio con todas sus fuerzas, pero su voz se perdía en el susurro del mar. Entonces el acosador se retiró al ver que su presa no era tan sencilla, y sin saber por qué, quien sabe, el destino que quizás estaba por una vez de su lado, depuso su acción. Se levantó, la miró con arrogancia y diciendo que había perdido una apuesta se metió en el coche y se marchó. Y allí quedó ella sola, sobre el frío y húmedo suelo, llorando de rabia. Y fue entonces cuando se prometió a sí misma no confiar nunca más en ningún chico.

 

  Cogió el móvil y llamó a sus abuelos para que fueran a recogerla en aquella lejanía de tristeza. Aquella noche, al llegar al único lugar donde todos nos sentimos en paz, su cama, lloraba desconsolada y decepcionada, mientras escuchaba aquella lúgubre música de sus grupos favoritos.

 

 

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